La Herida de Arán

En clase acostumbro a repetir la idea de que el que está iluminado es el que es consciente de lo que ocurre en realidad, sintámonos alegres y confiados o tristes y desolados. Esta es la posición del Arquetipo del Gobernante y al ser conscientes de ello podemos hacer algo al respecto. 

 

Pero ¿qué ocurre si yo supongo erróneamente que he superado un trauma pasado? Mi herida es como una grieta en mi mundo interno por donde salen mis demonios para acosarme desde las sombras. Es decir en mí hay una fisura por donde pierdo mi equilibrio, mi energía, mi autonomía. 

 

Por ejemplo, una persona de unos 50 años llamado Arán. A esta edad Arán observa a su entorno, a sus amigos, a sus compañeros. La mayoría se encuentran en lo alto de la montaña en la vida. Han logrado cumplir la mayoría de sus contratos personales con otros, con esto me refiero a cumplir con las expectativas que nos colgaron ya de pequeños. Tener trabajo, pareja, hijos quizás, lograr un status que puede ser variable en función de donde venimos y ser mejores personas en general, digamos que las expectativas nos exigen representar o encarnar una serie de atributos afines a nuestra familia de origen. 

 

En este punto puedes con tu imaginación activa ir con tu mente a un lugar en tu cuerpo, el que te llame más la atención. En esa zona de tu cuerpo hay una persona que conoces, pregúntale: ¿Qué expectativas me han colgado en el pasado? Anota lo que te venga. 

 

A Arán se le ha aparecido su padre en el pecho, Arán le cuesta respirar, tiene asma. Su padre le dice que las expectativas que le colgaron fue ocupar el lugar de su padre. Aunque Arán sin saber por que, sentía como si fuera su padre quien debía ocupar su lugar en la vida. Y eso activó en él un rebelde que luchó para ser independiente, fiel a si mismo y que nadie ocupara su lugar en la vida. Pero eso era doloroso tanto que a esa tierna edad, cuando surgió ese rebelde, 12 años tenía Arán se rompió su alma y se generó una herida. El Arán niño no podía concebir que su padre quería matarlo y ocupar su lugar en la vida, aunque podía haberlo sospechado, pues a Arán se le había privado de su nombre, pues llevaba el nombre de su padre. 

 

Arán vivió lo mejor que supo con esa herida siempre. Esta se manifestaba en Arán de muchas maneras, normalmente le faltaba fuerza y convicción para tomar un camino que no tuviera el beneplácito de su padre. Acostumbraba a estar en oposición a todo lo que su padre hacía, pensaba o decía y la rabia que sentía escondía una profunda tristeza por no poder conciliarse con su padre. 

 

Se podría decir que el destino de Arán fue tomado por su sombra y no por el centro de la psique, ya que Arán estaba encadenado a una rueda con su padre de extremo a extremo. Era su padre quien hacia girar la rueda y Arán siempre se encontraba en el extremo opuesto. Sentía que solo habían dos posibilidades oponerse todo o hacer lo que pedía el padre y morir. 

 

Arán apostó por su familia y decidió no luchar con su padre. Fue un acto de traición en toda regla hacia uno mismo. Pero Arán no se veía capaz de vivir sin el amparo de su familia. Veía a otras familias tan unidas, tan leales unos con otros. Pensó que algo hacía mal, pensó que merecía ser amado y tener un lugar en su familia. Así fue al monte y ante ese dios que podemos llamar “Familia”, sacrificó al Arán de 12 años. 

 

El padre de Arán empezó a vivir la vida de Arán cumpliendo con las expectativas. Así por fin Arán sintió alivio, su herida ya no le molestaba, la había adormecido al desaparecer la tensión entre él y su padre. Pero la herida no curó, sólo estaba anestesiada por el sacrificio del Arán de 12 años. 

 

La Sombra como la llamaba Jung, es nuestro cementerio en nuestro inconsciente. Allí enterramos lo que hemos expulsado de nuestra vida. Ahora ese cementerio estaba regido por el Arán rebelde, su cometido volver a conquistar su lugar en la vida y esta vez matar a su padre interno, el que había ocupado su lugar. 

 

Pero el amor y el miedo hacia su familia era muy fuerte en Arán, cualquier cosa sería mejor antes que volver a sentir la herida. Por lo que lo único que podía hacer Arán era sesgar la realidad y pintar lo que había eliminado con otra realidad inventada que hacia de muro defensivo para que la Sombra no pudiera avanzar hacia la vida. 

 

Ante ese muro, la Sombra al ver que no podía franquear el muro, esperó y secuestró los emisarios de otros reinos que se dirigían al reino de Arán, haciéndose pasar por ellos y así entrar en el reino de Arán para golpear desde dentro. Esto es lo que Jung llamaba “proyección”. 

 

Esta guerra duró años y el reino de Arán “el heredero de su padre” entró en crisis, pues no terminaba de lograr esa paz que anhelaba, ese amor imperecedero, ese sentido que da la pertenencia. En lugar de eso Arán se sentía que no encajaba en ninguna parte, se sentía incompleto, tenía la sensación de una falta continua. De repente volvió a sentir “La Herida” se había despertado y Arán entró en crisis. 

 

Su entorno, su padre, su familia, sus amigos no sabían como actuar. Hicieran lo que hicieran no bastaba. Arán estaba hundido y perdido, ya no miraba a la vida, ya no los miraba a ellos. En su lugar parecía estar ausente, mirando algo que no podían ver los otros. Arán estaba mirando la grieta de su herida y allí sólo había “El Vacío”. 

 

Una vez Arán “el fiel a su padre” mató a Arán “el Rebelde”. Fue en el monte sagrado donde el dios llamado “Familia” rige la vida de sus hijos mortales. Ahora ese Arán estaba siendo acompañado de nuevo a ese altar, pero esta vez era él quien estaba tumbado en la mesa de sacrificios y el Arán “Oscuro” “El Rebelde” sostenía el cuchillo. Ahora había llegado su momento, pero en el último segundo se detuvo. 

 

-¿Qué haces por qué no me matas?- Le preguntó Arán, ya rendido y con ganas de terminar con ese vacío que sentía en su vida. 

 

-Porque si lo hago tú serás el nuevo Rey en la Sombra y allí los muertos cobran fuerza y alimentados por la arrogancia de los vivos vuelven a la vida para matar a los vivos. 

 

Así el Arán “Oscuro” soltó el cuchillo y le dio la espalda a ese altar, a ese dios “la Familia” y caminó sólo renunciando a la vida absurda que proponía el destino y se perdió en el bosque de la penumbra, entre dos mundos: el de la sombra y el de la luz. 

 

Arán “El fiel” ahora de nuevo en la vida, parecía un muerto en vida, intentó volver a sesgar la realidad y pintarla de nuevo con esos colores de irrealidad esperando que el fuego pintado lo reconforta, que los árboles dibujados dieran frutos y que los caminos trazados llevaran a alguna parte… 

 

Pero se estaba dando cuenta que nada de eso lo separaría del vacío que sentía de nuevo en su vida. Así pasaron los años viviendo como un moribundo, alimentándose de las migajas que conseguía y buscando el sentido perdido en su vida. 

 

Un día su padre y el dios Familia también cayeron en crisis y la vida se convirtió en pura supervivencia, todos pensaban en salvarse y poco podían hacer por los demás. Así que traicionaron a Arán, lo dejaron en el altar de la “Familia” y sacrificaron todo lo que Arán había entregado por merecer a su padre. Arán murió e iba a ser arrojado a la grieta del vació. Pero Arán el rebelde regresó al sentir la muerte de su hermano, allí estaba muerto en la piedra de sacrificios junto con toda su familia. En su mirada había alivio, habían logrado escapar, habían logrado sobrevivir pero el miedo estaba dentro de sus corazones, ya y sería desde ese rincón el que dominaría el resto de sus vidas. Arán tomó la mano  de su hermano moribundo y le dijo: 

 

“La muerte no es real, ahora estás abandonando este lugar que llamabas vida, para irte a la Sombra, allí odiarás a estos que llamas familia, allí odiarás al que llamas padre, allí te odiarás a ti mismo por consentir lo que te han hecho. Y tienes razón, ya que fuiste tú quien sesgó la realidad y la pintó de mentiras para mendigar ese amor, que no eras capaz de darte a ti mismo, lo perdiste el día que me sacrificaste, cuando teníamos los dos 12 años, cuando padre quería tomar nuestra vida y tú me sentenciaste.”

 

Arán tomó la mano mientras su hermano exhalaba el último aliento de esta vida. Ahora viviría en ese cementerio que llaman sombra y desde allí observaría lo que una vez fue su vida y ahora es de otro, ahora la ha recuperado ese niño rebelde de 12 años que ha vuelto a la vida. Y eso le hace sonreir a pesar del odio que siente por si mismo. La muerte no está nada mal si uno reconoce porque está en ese lugar y sabe que lo único que puede hacer es cultivarse, porque nuca se sabe cuando la vida llamará a las puertas de la muerte y la muerte a las puertas de la vida. 

 

Ahora Arán observa su Yo de 12 años vivir lo que les queda de vida y así en el cementerio de los muertos Arán encuentra la grieta de su herida y ocupa él ese vacío. Al hacerlo se da cuenta que la herida no se cerrará nunca pero lo único que necesitaba es ocupar ese vacío para darle sentido, Él era el sentido de su Vida. 

 

Estas historias gestan la nuestra, todo ocurre entre mundos, entretela vigilia y el inconsciente nosotros buscamos compensar lo que ocurrió antaño, pero sin guía caemos en los designios de esos emperadores del mundo oscuro que claman por nuestra vida y regresar a la Vida

 

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